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Llega la décima plaga, la muerte de todos los primogénitos de Egipto y el Faraon no solo permite salir a los hebreos sino que los expulsa de su país. Pero el Faraon no se convirtió al Señor, su corazón continuaba endurecido y no quería escuchar a Dios a pesar de haber visto sus obras.

